El colapso del diagnóstico de autismo: por qué debemos volver a buscar qué le está pasando realmente a cada niño
- Dra Florencia Sanabria

- 15 jun
- 11 min de lectura
Durante los últimos años, el diagnóstico de autismo se volvió una palabra cada vez más frecuente en la vida de muchas familias. Cada vez más padres escuchan esa respuesta después de meses o años de preocupación. Cada vez más niños reciben una etiqueta que intenta ordenar un conjunto de conductas, dificultades y formas particulares de relacionarse con el mundo. Para muchas familias, ese diagnóstico llega como un alivio inicial, porque finalmente alguien parece ponerle nombre a lo que venían observando. Pero, con el paso del tiempo, también empiezan a aparecer nuevas preguntas. ¿Eso explica todo? ¿El diagnóstico alcanza para entender por qué mi hijo no habla, por qué se irrita, por qué no duerme, por qué se agota, por qué no tolera ciertos alimentos, por qué perdió habilidades, por qué tiene crisis o por qué parece sufrir más de lo que puede expresar?

Hoy necesitamos animarnos a hacer una pregunta incómoda, pero profundamente necesaria: ¿qué estamos llamando autismo? No para negar la existencia del autismo, no para minimizar las dificultades de los niños, no para invalidar el recorrido de las familias, sino para recuperar algo que la medicina nunca debería perder: la búsqueda de la causa. Porque una cosa es describir lo que un niño hace y otra muy distinta es comprender por qué lo hace. Una cosa es decir que un niño no habla, que no mira, que no responde, que se aísla, que tiene intereses restringidos o que presenta conductas repetitivas. Otra cosa es preguntarnos qué está ocurriendo en su cerebro, en su metabolismo, en su genética, en su sueño, en su intestino, en su sistema inmunológico, en su nutrición o en su energía celular para que ese desarrollo haya tomado ese camino.
El problema aparece cuando el diagnóstico se transforma en punto final. Un niño no habla y se responde: “es porque tiene autismo”. Un niño se irrita y se responde: “es porque tiene autismo”. Un niño no duerme y se responde: “es parte del autismo”. Un niño se golpea, se tira al piso, rechaza alimentos, no tolera el ruido, pierde habilidades o vive agotado, y todo queda encerrado dentro de la misma explicación. Pero esa explicación muchas veces no explica. Solo nombra. Y cuando una palabra empieza a reemplazar a la investigación, dejamos de hacer medicina para empezar a clasificar conductas.
En medicina, los síntomas siempre fueron señales. La fiebre no es el diagnóstico; es una manifestación. El dolor abdominal no es el diagnóstico; es una señal. La convulsión no es la causa; es un fenómeno que obliga a investigar. Ningún médico serio diría que un niño tiene fiebre “porque tiene fiebre”. Buscaría una infección, una inflamación, una enfermedad autoinmune, una alteración metabólica o cualquier otro proceso que explique ese signo. Sin embargo, en neurodesarrollo nos hemos acostumbrado a aceptar respuestas circulares. El niño no habla porque tiene autismo. Tiene autismo porque no habla. Y en ese círculo queda atrapada una familia entera.
El llamado colapso del diagnóstico de autismo no debería asustarnos. Debería despertarnos. Cuando una categoría diagnóstica se vuelve tan amplia que dentro de ella entran niños completamente distintos, con causas distintas, trayectorias distintas y necesidades distintas, esa categoría empieza a perder precisión. Y cuando pierde precisión, puede dejar de ser una herramienta para comprender al niño y convertirse en una etiqueta demasiado cómoda para dejar de buscar. Bajo la misma palabra pueden quedar agrupados niños con enfermedades genéticas, trastornos metabólicos, epilepsias, enfermedades mitocondriales, alteraciones del sueño, anemia, déficits nutricionales, dolor gastrointestinal crónico, inflamación, problemas inmunológicos, trastornos endocrinológicos o cuadros neurológicos complejos. Todos pueden parecerse desde la conducta. Pero no necesariamente son lo mismo desde la biología.
Este punto es central. Dos niños pueden no hablar y, sin embargo, no tener el mismo problema. Uno puede no hablar por una alteración genética que afecta el desarrollo cerebral. Otro por una epilepsia que interfiere con redes del lenguaje. Otro por una enfermedad metabólica que compromete la energía del cerebro. Otro por un trastorno severo del sueño que impide consolidar aprendizaje. Otro por anemia, fatiga extrema y bajo rendimiento fisiológico. Otro por dolor crónico que nadie detectó porque no puede expresarlo. Otro por una combinación de factores. Si todos reciben únicamente la misma etiqueta, corremos el riesgo de tratar igual a niños que necesitan abordajes profundamente diferentes.
Por eso creo que ha llegado el momento de decirlo con claridad: el autismo, muchas veces, describe un fenotipo conductual. Describe lo que vemos. Pero no siempre explica la causa. Y cuando encontramos una causa, esa causa no debería quedar como un detalle menor dentro de la historia clínica. Debería ocupar el centro de la comprensión. Si un niño tiene una alteración de la beta-oxidación de ácidos grasos, por ejemplo, estamos hablando de un problema metabólico que puede afectar la producción de energía. El cerebro necesita energía para desarrollarse, para regularse, para aprender, para sostener la atención, para construir lenguaje y para organizar la conducta. Si esa vía está alterada y el niño presenta dificultades del neurodesarrollo, la pregunta no debería ser solamente si cumple criterios de autismo. La pregunta debería ser: ¿estamos frente a un trastorno metabólico que afectó el neurodesarrollo y que se manifiesta con conductas parecidas a lo que hoy llamamos autismo?
Nombrar correctamente cambia la mirada. No es lo mismo decir “tiene autismo” que decir “tiene una alteración metabólica con impacto en el neurodesarrollo”. No es lo mismo decir “es conductual” que decir “este niño puede estar fatigado, inflamado, anémico, con dolor, con mala calidad de sueño o con dificultad para producir energía”. No es lo mismo indicar más terapia que preguntarse primero si ese niño tiene condiciones médicas no diagnosticadas que explican por qué no puede sostener esas demandas. La medicina cambia cuando empezamos a llamar a las cosas por su nombre.
Uno de los errores más frecuentes es creer que, después del diagnóstico, la respuesta inmediata debe ser llenar la agenda del niño de terapias. Por supuesto que las terapias pueden ser importantes. Nadie está negando el valor de una buena intervención fonoaudiológica, ocupacional, psicológica o educativa cuando está bien indicada, bien pensada y adaptada al niño real. El problema aparece cuando la terapia se indica como respuesta automática a una etiqueta, sin haber comprendido primero la fisiología del niño. Porque un niño no es un diagnóstico caminando. Es un organismo completo. Tiene sueño, energía, metabolismo, intestino, sistema inmune, nutrición, historia familiar, antecedentes perinatales y una biología que puede estar condicionando profundamente su conducta.
Pensemos en un niño con anemia. Ese niño puede estar cansado, irritable, distraído, con baja tolerancia a la frustración, con poca capacidad de sostener atención y con menor disponibilidad para interactuar. Si a ese niño se lo evalúa únicamente desde la conducta, puede recibir un diagnóstico y luego una agenda llena de terapias. Pero si nadie corrige la anemia, si nadie entiende que su cuerpo no tiene suficiente capacidad para transportar oxígeno de manera adecuada, si nadie reconoce que su irritabilidad puede ser fatiga y no oposición, entonces cada nueva exigencia puede empeorarlo. El niño empieza a hacer más crisis, rechaza entrar a los espacios terapéuticos, se vuelve más reactivo, duerme peor, come peor, se regula peor. Entonces se dice que “el autismo empeoró”. Pero quizás no empeoró el autismo. Quizás agotamos a un niño que tenía una condición médica no tratada.
Esto mismo ocurre con muchos cuadros que pasan desapercibidos. Un niño con trastorno severo del sueño no puede aprender igual que un niño que descansa. Un niño con dolor abdominal crónico no puede regularse igual que un niño sin dolor. Un niño con epilepsia no diagnosticada puede perder lenguaje, atención y disponibilidad social. Un niño con alteraciones mitocondriales puede tener días de mejor funcionamiento y días de colapso energético. Un niño con inflamación intestinal puede rechazar alimentos, irritarse, aislarse o parecer oposicionista cuando en realidad está sufriendo. Un niño con deficiencias nutricionales puede tener menor desarrollo cognitivo, mayor ansiedad, peor sueño y más desregulación. Y si todo eso se interpreta únicamente como “autismo”, dejamos de ver al niño.
El verdadero peligro no es el diagnóstico en sí. El peligro es la comodidad de la etiqueta. El peligro es dejar de pensar. El peligro es que una familia consulte durante años y nadie vuelva a revisar la historia clínica completa. Nadie pregunte cómo fue el embarazo, cómo fue el parto, si hubo hipotonía, si hubo regresión, si hubo pérdida de lenguaje, si hubo convulsiones, si hay antecedentes familiares, si hay enfermedades autoinmunes, si hay trastornos metabólicos, si hay selectividad alimentaria extrema, si hay constipación, diarrea, distensión, dolor, sueño fragmentado, infecciones frecuentes, fatiga, intolerancia al ejercicio, cambios bruscos de conducta o signos neurológicos sutiles. Cuando dejamos de hacer esas preguntas, el diagnóstico deja de ser una herramienta y se convierte en una pared.
Las familias no necesitan solo que alguien les diga cómo se llama lo que su hijo muestra. Necesitan que alguien se pregunte por qué. Necesitan una mirada que no reduzca al niño a un test, a una escala o a una observación de algunos minutos. Las herramientas diagnósticas pueden aportar información, pero no pueden reemplazar el pensamiento clínico. Muchos instrumentos que se utilizan actualmente fueron diseñados hace décadas, en un momento en el que la genética, la metabolómica, la medicina mitocondrial, la neuroinmunología y la comprensión del eje intestino-cerebro no tenían el desarrollo que tienen hoy. Seguir evaluando niños complejos únicamente con herramientas conductuales antiguas es insuficiente. No porque esas herramientas no sirvan para describir, sino porque no alcanzan para explicar.
Un test puede decirnos que un niño cumple criterios. Pero no puede decirnos por qué su cerebro se desarrolló así. No puede detectar por sí solo una alteración metabólica. No puede explicar una regresión del lenguaje. No puede reemplazar una evaluación neurológica cuando hay sospecha de epilepsia. No puede interpretar una historia de fatiga extrema. No puede comprender el impacto de una anemia, de una deficiencia de hierro, de zinc, de carnitina, de vitamina D, de problemas gastrointestinales o de un sueño desorganizado. El test ordena la conducta. La medicina debe buscar la causa.
Por eso, cuando hablamos del colapso del diagnóstico de autismo, no hablamos de negar la realidad de los niños. Hablamos de reconocer que una categoría demasiado amplia puede estar ocultando realidades biológicas distintas. Hablamos de una oportunidad para avanzar. La historia de la medicina siempre progresó así. Antes se agrupaban muchos cuadros bajo nombres generales. Luego, con el avance del conocimiento, esas categorías se fueron dividiendo en diagnósticos más precisos. Lo que antes parecía una sola enfermedad después se comprendió como muchas enfermedades diferentes. Tal vez con el autismo estemos atravesando ese mismo proceso. Tal vez el futuro no sea diagnosticar cada vez más autismo, sino identificar con mayor precisión qué causas llevan a que un niño presente un fenotipo que hoy llamamos autista.
Esto no significa abandonar las terapias. Significa indicarlas mejor. Significa que un niño con fatiga no necesita más exigencia sin comprensión. Significa que un niño con dolor no necesita que interpretemos todo como conducta. Significa que un niño con alteraciones metabólicas necesita que su plan terapéutico respete su capacidad energética real. Significa que un niño con trastornos del sueño necesita dormir antes de que le pidamos aprender. Significa que un niño con anemia necesita tratamiento médico antes de exigirle rendimiento. Significa que un niño con epilepsia necesita diagnóstico neurológico antes de concluir que simplemente “no conecta”. Significa que un niño con inflamación intestinal necesita que alguien escuche su cuerpo, aunque no pueda ponerlo en palabras.
Muchos padres sienten, en algún punto del recorrido, que algo no cierra. Ven que su hijo tiene el diagnóstico, tiene terapias, tiene informes, tiene recomendaciones, pero sigue habiendo preguntas profundas sin responder. Ven que nadie integra todo. Ven que cada profesional mira una parte, pero nadie mira al niño completo. Ven que se habla de conducta, pero no de causa. Ven que se suman horas terapéuticas, pero no se revisa si el cuerpo del niño puede sostenerlas. Ven que se insiste en modificar comportamientos, pero no se pregunta si ese comportamiento es una forma de expresar malestar, dolor, fatiga o desorganización biológica.
Esa intuición de los padres muchas veces es correcta. No porque los padres deban reemplazar al médico, sino porque conocen al niño en su totalidad. Saben cuándo algo cambió. Saben cuándo su hijo se apagó. Saben cuándo dejó de hacer algo que antes hacía. Saben cuándo una crisis no parece un berrinche. Saben cuándo la irritabilidad parece sufrimiento. Saben cuándo la mirada de su hijo dice cansancio, dolor o desconexión. La medicina debería escuchar más esa información, no descartarla rápidamente bajo la frase “es parte del autismo”.
Necesitamos una medicina del neurodesarrollo más profunda, más seria y más responsable. Una medicina que pueda mirar la conducta, pero que no se quede ahí. Una medicina que entienda que el desarrollo cerebral depende de procesos biológicos complejos. Una medicina que no tenga miedo de buscar causas orgánicas. Una medicina que se pregunte por genética, metabolismo, sueño, intestino, nutrición, epilepsia, inflamación, sistema inmune, historia perinatal y funcionamiento global. Una medicina que no trate al diagnóstico como destino, sino como punto de partida.
Cuando una familia recibe un diagnóstico de autismo, la pregunta no debería ser únicamente qué terapia iniciar. También debería ser qué evaluación médica falta. Qué estudios fueron realizados. Qué estudios nunca se consideraron. Qué antecedentes no fueron escuchados. Qué síntomas quedaron naturalizados. Qué signos fueron interpretados como conducta cuando quizás eran expresión de sufrimiento físico. Qué aspectos del niño todavía no entendemos.
Porque si no buscamos, no encontramos. Y si no encontramos, no podemos nombrar. Y si no nombramos correctamente, tratamos consecuencias sin comprender causas.
El cambio empieza cuando dejamos de ponerle autismo a todo. Cuando dejamos de usar una palabra como respuesta universal. Cuando aceptamos que un niño puede cumplir criterios conductuales y, aun así, merecer una búsqueda etiológica mucho más profunda. Cuando entendemos que encontrar una causa genética, metabólica, neurológica, inflamatoria o nutricional no es un detalle menor, sino una pieza central para comprender el desarrollo de ese niño. Cuando dejamos de preguntar solamente “¿tiene autismo?” y empezamos a preguntar “¿qué le pasó a su neurodesarrollo y por qué?”.
Ese cambio no es solo científico. Es humano. Porque detrás de cada diagnóstico hay una familia que necesita respuestas. Hay padres que quieren entender. Hay niños que muchas veces no pueden explicar lo que sienten. Hay cuerpos que hablan a través de la conducta. Hay síntomas que se disfrazan de comportamiento. Hay agotamiento que se confunde con oposición. Hay dolor que se confunde con irritabilidad. Hay epilepsia que se confunde con desconexión. Hay anemia que se confunde con falta de colaboración. Hay trastornos metabólicos que se confunden con rasgos conductuales. Hay historias clínicas complejas que merecen ser leídas con tiempo, con conocimiento y con responsabilidad.
Por eso, el posible colapso del diagnóstico de autismo no debería ser visto como una amenaza. Debería ser visto como una oportunidad. La oportunidad de volver a hacer medicina. La oportunidad de dejar de conformarnos con respuestas incompletas. La oportunidad de construir evaluaciones más integrales, más precisas y más respetuosas de la complejidad de cada niño. La oportunidad de pasar de la etiqueta a la comprensión.
Si una familia siente que el diagnóstico de su hijo respondió algunas preguntas, pero dejó muchas otras abiertas, es válido volver a mirar. Si siente que todo fue explicado como autismo, pero hay síntomas físicos, regresiones, fatiga, trastornos del sueño, problemas gastrointestinales, selectividad extrema, irritabilidad persistente, crisis difíciles de comprender o antecedentes médicos relevantes, es válido profundizar. Si siente que su hijo fue evaluado principalmente por conductas, pero nunca desde una mirada médica integral, es válido buscar una evaluación más completa.
Una consulta de evaluación no debería tener como objetivo negar diagnósticos previos ni prometer respuestas simples. Debería tener como objetivo ordenar la historia, integrar la información, revisar antecedentes, detectar señales que quizás pasaron inadvertidas y pensar qué caminos diagnósticos pueden tener sentido para ese niño en particular. Porque no todos los niños necesitan lo mismo. No todos los niños tienen la misma causa. No todos los niños deberían recibir el mismo plan. Y no todos los niños pueden sostener las mismas exigencias.
El verdadero avance en neurodesarrollo no será poner más etiquetas. Será comprender mejor. Será llamar a las cosas por su nombre. Será reconocer que el autismo, en muchos casos, puede ser el modo en que se manifiesta un problema más profundo, pero no necesariamente la explicación final. Será animarnos a mirar más allá del test, más allá del informe, más allá de la conducta visible. Será volver a preguntarnos, con humildad y con rigor: qué le está pasando realmente a este niño.
Los turnos para primera evaluación y seguimiento se encuentran disponibles a través de la página web https://www.draflorenciasanabria.com Cualquier duda o consulta debe realizarse por el WhatsApp de la web o por los canales oficiales de administración indicados en la página.



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