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Niños Bajo Presion

Foto del escritor: Dra Florencia Sanabria
Dra Florencia Sanabria
hace 3 minutos
5 min de lectura

Niños bajo presión nace de una preocupación cada vez más frecuente: chicos que llegan a la consulta con diagnósticos de TDAH, ansiedad, problemas de conducta, dificultades escolares o trastornos emocionales, pero que muchas veces están atravesando algo más básico y más profundo: estrés.

Hoy muchos niños viven con agendas llenas, poco descanso, demasiadas actividades, presión escolar, pantallas, exigencias permanentes y muy poco tiempo libre. Se espera que rindan, que se adapten, que presten atención, que regulen sus emociones, que cumplan objetivos y que, además, lo hagan bien. Pero un cerebro en desarrollo también se cansa.

El problema es que los niños no siempre pueden decir “estoy saturado”, “no puedo con este ritmo” o “necesito parar”. Muchas veces lo muestran de otra manera: con irritabilidad, impulsividad, llanto, dolores de panza, dificultad para dormir, problemas de atención, rechazo escolar, cambios en la alimentación, cansancio, aislamiento o crisis de conducta.

Y entonces aparece una pregunta importante:

¿estamos frente a un trastorno o frente a un niño sobrecargado?



Ese es uno de los ejes centrales del libro.

Niños bajo presión propone mirar con más cuidado síntomas que pueden parecer psiquiátricos o del neurodesarrollo, pero que también pueden estar relacionados con estrés sostenido, falta de sueño, exceso de estímulos, conflictos escolares, presión académica o una rutina poco saludable.

Esto no significa negar la existencia del TDAH, la ansiedad ni otros trastornos. Significa algo más importante: diagnosticar mejor.

Porque un niño cansado puede parecer distraído. Un niño ansioso puede parecer hiperactivo. Un niño con falta de sueño puede estar irritable. Un niño sometido a mucha presión puede bloquearse frente a tareas que antes resolvía bien. Un niño que no tiene tiempo para jugar puede perder capacidad de autorregularse. Y un niño que vive permanentemente apurado puede terminar mostrando su malestar a través de la conducta.

El libro invita a mirar la vida completa del niño y no solamente el síntoma. ¿Cómo duerme? ¿Cuántas horas pasa en la escuela? ¿Cuántas actividades tiene por semana? ¿Cuánto tiempo está frente a pantallas? ¿Cuánto tiempo juega libremente? ¿Qué expectativas pesan sobre él? ¿Qué sucede en su casa? ¿Qué pasa en la escuela? ¿Qué ocurre antes de que aparezca esa conducta que preocupa?

Muchas veces las respuestas están ahí.


Cuando estimular también puede convertirse en sobrecargar

Uno de los temas centrales de Niños bajo presión es la infancia hiperorganizada. Niños que salen de la escuela y siguen con inglés, deporte, apoyo, terapia, tareas y actividades hasta el final del día.

Lo hacemos con buenas intenciones. Queremos darles oportunidades. Queremos que aprendan. Queremos prepararlos. Pero a veces confundimos estimulación con sobrecarga.

Más no siempre es mejor. Más actividades no garantizan mejor desarrollo. Más terapia no siempre significa más progreso. Más exigencia no siempre produce mejores resultados.

Los chicos también necesitan tiempo sin objetivos. Necesitan jugar, aburrirse, descansar, estar con otros sin que todo sea una actividad organizada y aprender a manejar su propio tiempo. Ese espacio también forma parte del desarrollo.


El sueño también modifica la conducta

El libro aborda además un tema fundamental: el sueño.

Dormir mal puede cambiar por completo la conducta de un niño. Puede afectar la atención, el estado de ánimo, la memoria, el rendimiento escolar y la regulación emocional. Sin embargo, muchas veces se intenta corregir la conducta antes de revisar cómo está durmiendo.

Un niño que duerme pocas horas puede estar inquieto, impulsivo, intolerante o desconcentrado durante el día. Y si solo vemos esos síntomas, podemos equivocarnos al interpretar lo que está ocurriendo.

También ocurre con el uso excesivo de pantallas. Los niños están expuestos a una cantidad enorme de estímulos: videos rápidos, juegos, sonidos, imágenes y contenido constante que compiten todo el tiempo por su atención. Después les pedimos que toleren actividades lentas, que esperen, que permanezcan sentados y que sostengan la concentración.

No siempre es fácil.

El problema no es solamente la pantalla en sí, sino el lugar que ocupa en la vida cotidiana y qué otras experiencias está desplazando.


Cuando la presión también viene de la escuela

Otro aspecto importante del libro es la presión escolar. Hay chicos que llegan a casa completamente desbordados después de haber sostenido durante horas un nivel de exigencia muy alto.

Algunos empiezan a rechazar la escuela. Otros tienen dolores de panza antes de entrar. Otros lloran por la noche. Otros explotan cuando llegan a casa. Y muchas veces el problema se interpreta como “mala conducta” cuando, en realidad, el niño está mostrando que no puede sostener más esa exigencia.

Por eso, Niños bajo presión plantea una idea sencilla pero importante: antes de preguntar qué tiene un niño, también tenemos que preguntarnos qué está viviendo.

El contexto importa. La familia importa. La escuela importa. Los horarios importan. El sueño importa. La alimentación importa. Las pantallas importan. La cantidad de actividades importa.

Todo eso también influye en la conducta.


La exigencia también deja huella

El libro también habla del impacto que tiene la exigencia sobre la autoestima. Cuando un niño escucha permanentemente que tiene que mejorar, que debería poder, que tiene que esforzarse más o que otros lo hacen mejor, puede empezar a construir una idea negativa de sí mismo.

Puede pensar que siempre falla. Que nunca alcanza. Que todos pueden menos él.

Y esas ideas también dejan huella.

La infancia no es solamente el momento en el que aprendemos habilidades. También es el momento en el que empezamos a formar nuestra identidad. Por eso, cuidar la salud mental infantil también implica revisar cómo hablamos con los niños y qué expectativas colocamos sobre ellos.


La conducta también comunica

Niños bajo presión también propone mirar de otra manera las conductas difíciles.

Un niño que grita, se opone, evita, llora o se desregula no siempre está siendo desafiante. A veces está diciendo algo que todavía no puede explicar con palabras.

Puede estar cansado. Puede estar ansioso. Puede sentirse sobrepasado. Puede no entender lo que le están pidiendo. Puede estar intentando escapar de una situación que le resulta demasiado difícil.

La conducta también comunica.

Y antes de intentar eliminarla, conviene comprender qué la está provocando.


No toda dificultad necesita convertirse en una terapia

Otro de los mensajes del libro es que no toda dificultad necesita convertirse inmediatamente en una terapia.

A veces lo primero que necesita un niño es dormir mejor, reducir algunas actividades, tener menos pantallas, ordenar horarios, jugar más, bajar la presión académica, resolver un conflicto escolar o tener más momentos de calma.

Esto no reemplaza los tratamientos cuando son necesarios. Pero sí evita que cada problema termine convertido automáticamente en una nueva intervención.

A veces no hay que agregar más.

A veces hay que sacar.


Un libro para volver a mirar la infancia

El libro está dirigido a familias, docentes, terapeutas y profesionales de la salud que quieren comprender mejor qué puede haber detrás de ciertos cambios en la conducta infantil.

También está pensado para padres que sienten que sus hijos viven cansados, irritables, ansiosos o desbordados y que quieren entender por qué. Para quienes dudan de si todo lo que ven debe interpretarse como un trastorno. Y para quienes quieren volver a mirar la infancia desde un lugar menos exigente.

Niños bajo presión no busca simplificar problemas complejos. Busca algo diferente: recuperar el contexto.

Porque no siempre alcanza con preguntar “¿qué diagnóstico tiene?”.

A veces la pregunta más importante es:

¿qué está viviendo este niño? ¿Cuánto duerme? ¿Cuánto juega? ¿Cuánto tiempo tiene para descansar? ¿Cuánto se le exige? ¿Cuánto se lo compara? ¿Cuánto espacio tiene para equivocarse? ¿Cuánto tiempo tiene simplemente para ser niño?.

Ese es el corazón del libro.

Entender que el estrés infantil existe, que puede afectar la conducta, el aprendizaje y la salud emocional, que muchas veces puede confundirse con un trastorno y que, antes de etiquetar, también necesitamos mirar la vida que ese niño está llevando.

Porque quizá algunos chicos no necesitan que les pidamos más.

Quizá necesitan que el mundo alrededor de ellos les exija un poco menos.

Dra. Florencia Sanabria. Médica pediatra y psiquiatra infantil Autora de Niños bajo presión

 
 
 

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